Crítica: Nebraska

Nebraska

UN PAYNE MÁS MADURO CONSERVANDO SU POTENTE ESENCIA

“…Todos intentamos despertar en este breve flash de vida que tenemos en el planeta, a menos que seamos idiotas, y yo trato que mis personajes crezcan y despierten, de la misma manera que yo mismo trato de crecer y despertar…” (1) De esta manera se refiere Payne a sus personajes y al proceso de “despertar” que suponen básicamente sus películas: como el gran dios creador de la historia, el director coloca a un personaje completamente perdido y desubicado en un entorno que, por diferentes razones, le es completamente incómodo y extraño, para que encuentre su camino o su forma de adaptarse a lo largo del metraje.

Nebraska es el sexto largometraje de este director sobradamente reconocido y galardonado, destacando sus dos premios Óscar a mejor guión adaptado por Entre copas (2004) y Los descendientes (2011), junto a Jim Taylor, y sus varias nominaciones a mejor director, siendo la última precisamente por Nebraska (2013). A diferencia de sus films anteriores, donde era autor también del guión, en este caso dirige una película con guión original de Bob Nelson porque, según Payne, “…parece escrito por mí. Tiene todo lo que suelo incluir en mis películas: el camino, el viaje, un protagonista mayor, unos personajes interesantes (así al menos me lo parecen a mí), la fusión entre drama y humor. Y encima tiene algo que nunca incluí, de tan adentro que lo llevo: transcurre en Nebraska, que es donde nací…” (2)

En este nuevo y excitante experimento del director, Bruce Dern encarna a un hombre mayor con principios de demencia que, en medio de su desconcierto vital, encuentra un objetivo claro: viajar hasta Nebraska para cobrar el dinero de una lotería. Aunque convencido de la estafa y en contra de la opinión del resto de familiares, Will Forte, el hijo menor, decide acompañarle en este road trip que, más allá de la aparente misión, servirá para despedazar a ambos personajes, confrontarlos con su pasado y con su presente y, en definitiva y en diferentes grados, hacerlos “despertar”.

La mano experta de Alexander Payne muestra de nuevo una versión de su infinito arquetipo de protagonista, desorientado y perdido: la joven drogadicta embarazada símbolo de la guerra entre los dos bandos fanáticos pro/contra aborto de Ruth, una chica sorprendente (1996), el hombre en plena crisis de la mediana edad de Entre copas, el padre que vuelve a conectar con una familia desconocida de Los descendientes o el mismo hombre mayor recién retirado de A propósito de Schmidt (2002). En Nebraska, sin embargo, Payne nos presenta el prototipo protagonista de perdedor-perdido en diferentes momentos de la vida y en un mismo plano, el arquetipo duplicado en las figuras del padre y el hijo. Este hecho, permite al espectador una doble lectura, donde cada uno sigue un camino distinto y el tempo de despertar es también diferente.

Una vez más, Payne demuestra su absoluta habilidad para definir y presentar a sus personajes. Como en Los descendientes, se servirá de una primera imagen definitoria para después acabar desmontando ese primer fotograma a través de la información que el espectador irá conociendo a través de los otros personajes. El potente opening de la cinta de 2011, con la mujer del protagonista feliz, sonriente y vital en la lancha motora, contrasta con la imagen que vemos de ella más allá del título y durante toda la película, estirada en la cama del hospital, inerte, casi sin vida. Aun no siendo la protagonista, Patricia Hastie será definida en muchas dimensiones a lo largo del film y su presencia será esencial para el resto de personajes. Menos de un minuto le basta, en la perspicaz Elecciones (1999), para mostrar una radiografía del esqueleto básico tanto del profesor como de la alumna repipi, con pocos planos de una sola acción por personaje (entreno, ducha y puesta en marcha de Matthew Broderick, preparación y orden de la mesa propagandística de Reese Witherspoon) y la voz en off de ambos (con la visión contraria del opuesto). Y con unos pocos segundos se descubre la esencia de Jack Nicholson en A propósito de Schmidt, a través del plano picado desde el reloj que marca el inicio del cambio: el estado indefinido y sin sentido de un recién jubilado entregado al trabajo. De este modo, el viejo desorientado, cojeante de Nebraska, que abandona la ciudad sin rumbo aparente, ya transmite la idea esencial del protagonista, aunque en este caso la pérdida y el desconcierto no es tan solo vital sino incluso físicos.

Y si la excelente presentación de personajes – también en esta película – es una de las características de Payne, el uso de escenas cotidianas o simples para otorgarles más capas es también destacable. La forma de beber la primera copa de vino distingue completamente a Paul Giamatti y a Thomas Haden Church en Entre copas: el primero delicado, sin prisa, saboreando cada paso como si de un ritual amoroso se tratara; el segundo de un trago y mascando chicle, sin percatarse de los detalles y dispuesto al instante para el siguiente vaso. Ambas reacciones ante un acto aparentemente sin importancia se corresponden exactamente con la historia de cada uno de ellos. Cómo y qué piden padre, madre e hijo en el restaurante de Nebraska es completamente trascendente para la definición de los personajes y de su evolución: el padre, el inconformista conformado, escoge algo que sabe que no está en el menú y acaba aceptando lo que la mujer decide por él; ella, el puntal familiar, habiendo criticado al marido por su indecisión, pide consejo a la camarera para acabar pidiendo el mismo plato clásico de siempre; mientras que el hijo, la esperanza de cambio, decide aventurarse a probar la especialidad de la casa. También los arquetipos de los familiares encontrados en el pueblo natal del protagonista, aunque mucho más superficiales, se definen a través de la teatralización de la puesta en escena: la suma de rostros masculinos silenciosos, delante del televisor, bebiendo cerveza y solo afectados por conversaciones sobre coches o duración de trayectos de viaje; imagen satírica de la sociedad norteamericana como herramienta habitual de Payne.

De este modo, el trato que el director da a sus distintos personajes es siempre muy satisfactorio. Siendo la constante en su filmografía un casting de tres vertientes: actores conocidos como protagonistas, amateurs como secundarios y sin ninguna experiencia para figuraciones o personajes menores; su dirección de actores sí que ha sufrido una evolución a lo largo de sus filmes. Mientras en los tres primeros Payne apostaba por la teatralización, la sobreactuación con finalidad cómica al modo slapstick, en sus tres últimas películas la interpretación de los actores es mucho más sutil y realista. Nebraska es ejemplo de su excelente trabajo de casting y dirección de actores, con un triángulo protagonista Dern-Forte-Squibb (June) excelso sobre el que la película rueda ligera y encajada a la perfección.

Como base a estos pilares interpretativos, Payne ofrece una puesta en escena llena de significado, elemento habitual en su estilo. El director usa desde pequeños detalles de escena – la lámpara donde constantemente mueren insectos en la casa del grupo pro-aborto en su ópera prima –, hasta el trabajo evolutivo de un elemento narrativo básico como la banda sonora – el elemento natural (hawaiano) siempre presente, llamando al protagonista desde el inicio y finalmente escuchado, en Los descendientes. En este caso, el blanco y negro que tiñe la cinta, acompañado por los esqueletos de los árboles otoñales que perfilan el paisaje, evoca las historias de la Gran Depresión americana, asimilándose a la crisis económica contemporánea, a la vez que le sirven de telón de fondo para homenajear las comedias mudas con las que Payne forjó su amor por el séptimo arte. ¿O ese Bruce Dern despeinado, con aire nostálgico y de andadura curvada, cojeante, de piernas abiertas y pies en punta, no rememora a la figura clásica e inolvidable del alter ego de Chaplin?

Esta sutilidad, tanto en la dirección de los actores como en la puesta en escena, lejos de caer en el dramatismo, es uno de los grandes aciertos que sin duda confieren el éxito de Payne. Así, Nebraska supone la culminación de esta mezcla perfecta, de esta receta que hasta el momento le ha resultado infalible. “…Espero que contenga emoción. Emotividad y no sentimentalismo. Sentimentalismo es una palabra sucia para mí…” (3). Tratando siempre historias de gran humanidad, existencialistas, su apuesta es por el realismo, no por la disección del drama – el espectador se queda con la imagen y el sonido de la aspiradora, no en el llanto de Nicholson tras la muerte de su esposa, en A propósito de Schmidt; o con los gritos silenciosos y el llanto fundido en el agua de la piscina de la hija de Clooney tras conocer la inminente muerte de su madre, en la brillante escena de Los descendientes. Nebraska no es, pues, una exploración de las repercusiones del envejecimiento o de la aparición del Alzheimer, sino una reflexión, sin fecha de caducidad, de la propia existencia.

En forma de círculo se cierra la película; más allá del viaje de ida y vuelta, ya en los propios créditos Payne nos transmite la esencia del mensaje: de la desorientación y la inestabilidad del inicio – con títulos de crédito encadenados que aparecen y desaparecen desordenados por toda la superficie del plano – al encuentro de respuestas, determinación y rumbo – con unos títulos centrados que se suceden ordenadamente. Un ejemplo más del dominio absoluto del lenguaje cinematográfico y de la sutilidad en el uso de las herramientas narrativas del director de una de las películas imprescindibles de los últimos años.

(1) “… We’re all trying to wake up in this brief flash of life on this planet, unless we’re complete idiots, and I root for these characters to grow and wake up, the way I root for myself to grow and wake up…” – “Alexander Payne: Life after Sideways”, Simon Hattenstone, ‘The Guardian’: http://www.theguardian.com/film/2012/jan/13/alexander-payne-sideways-thedescendants
(2) “Alexander Payne presenta su película Nebraska, candidata a seis premios Óscar”, Jeff Goldsmith, ‘Página|12’: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-31393-2014-02-20.html
(3) “..I hope it has emotion. Emotionality and not sentimentality. Sentimentality is a dirty word to me…” – “Alexander Payne: Life after Sideways”, Simon Hattenstone, ‘The Guardian’: http://www.theguardian.com/film/2012/jan/13/alexanderpayne-sideways-the-descendants

(Texto de 2015)

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Author: Vanessa LP

Llicenciada en Comunicació Audiovisual per la Pompeu Fabra, la meva trajectòria professional s’ha encaminat més cap a la comunicació corporativa, tant en l’àmbit públic com en el privat. No obstant això, la meva passió pel cinema ha fet que sempre estigui connectada amb l’actualitat audiovisual i la seva pràctica, a través de formació en Anàlisi de Guió i Crítica Cinematogràfica, la col·laboració en projectes audiovisuals i la participació en certàmens i festivals. Vaig formar part del Jurat Jove del Festival de Sitges l’any 2013 i, més recentment, del Festival Americana el 2017. Al 2009 vaig col·laborar en l’espai web enelcine.es escrivint crítiques de forma setmanal i des de març de 2017 col·laboro a la revista de cinema El Cinèfil, amb textos sobre llargmetratges i curtmetratges. Sigui en format curt o llarg, considero que el cinema és una eina profundament poderosa per a transmetre idees, emocionar i reflexionar sobre la nostra realitat.

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