Crítica: Elle

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Sobre negro, el ruido de unos cristales rompiéndose es seguido por unos gemidos que, segundos más tarde, relacionamos con unos golpes. Suena música clásica y antes de poder percibir como espectadores la acción que se nos expone a través del sonido, el plano de un gato, falto de expresión, que es testigo impasible de los hechos. En la primera escena, en apenas 20 segundos, los dos grandes ejes que nos plantea la película, sexo y muerte como impulso primitivos, nos son expuestos.

Elle, la nueva película de Paul Verhoeven, se construye como una exploración de los límites de la naturaleza humana, tanto a nivel de personajes como a nivel del espectador, quien es testigo de hechos desagradables e incomprensibles en un discurso expuesto con la mayor naturalidad.

Michèle, brillantemente interpretada por Isabel Huppert, es “elle”, central ya desde el mismo título. La protagonista se construye como una espiral de destrucción, una explosión arrolladora de violencia, sexo y muerte por la que todos los personajes, a modo de satélites, se sienten atraídos inevitablemente. Y es que el sexo y la muerte son precisamente los dos conceptos por los que los humanos sentimos adoración a la vez que temor. Muchos son los estudios que lo demuestran y muchos los anuncios publicitarios y las imágenes de cualquier ámbito que los utilizan para interpelar a nuestro subconsciente y tenernos atrapados como espectadores. En este caso, la película juega constantemente de manera abierta con ambas realidades personificándolas en el personaje de Huppert y, de esta manera, tanto el resto de personajes como la propia audiencia de la obra nos sentimos atrapados por la fascinación que nos causa esta compleja protagonista que tiende a la destrucción y a la autodestrucción. “… El verdadero peligro, Michèle, eres tú…”, le dice el exmarido.

Verhoeven expone, así, a una serie de personajes y la necesidad que tiene cada uno de ellos de algo que conforme su existencia, igualando todos los conceptos, aunque creen rechazo en la mente de quien los observa. Son necesidades básicas, impulsivas, que no apelan a la razón o incluso la ignoran y la niegan: el impulso de matar en el caso del padre; la creación de una familia prefabricada y destinada al fracaso en el caso de la madre, del ex y del hijo; el impulso de tener relaciones sexuales agresivas y no consentidas en el caso del violador; el fanatismo religioso de la mujer; y la necesidad constante de violencia, sometimiento y destrucción de la protagonista. Todo se expone como un mismo concepto, en una exposición faltada de juicio, apelando a los instintos del espectador y haciéndolo reflexionar sobre la complejidad y los límites de la naturaleza humana.

Las uñas pintadas de negro acompañan a Michèle durante toda la película, símbolo de muerte, de la existencia de esta especie de “mantis religiosa”, de ese punto de atracción y gravedad que determinará el destino de todo el resto de personajes. “… Siempre quisiste una versión aséptica de la vida…”, le recrimina la madre a una protagonista incapaz de sentir nada, con la necesidad constante de vivir momentos de extrema emoción – marcados fundamentalmente por la violencia – para poder existir. Se trata de una existencia nimia, plana, nada trascendental (es interesante el modo cómo decide explicar finalmente su asalto, justo antes de descorchar una botella en una cena con sus amigos)… que solo adquiere sentido en el dramatismo de los momentos extremos.

Del mismo modo que la muerte, la misma película produce en el espectador esa doble sensación de rechazo y al mismo modo obsesión, víctimas de la profunda fascinación que provoca su personaje principal. Es una propuesta narrativa que aparentemente no toma partido en la historia, la expone sin artificios, pero a la vez interpela al espectador en su mismo modo de plantear los hechos, generando un remolino creciente y duradero más allá del visionado de emociones diversas y cuestionamientos morales y existenciales.

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Author: Vanessa LP

Llicenciada en Comunicació Audiovisual per la Pompeu Fabra, la meva trajectòria professional s’ha encaminat més cap a la comunicació corporativa, tant en l’àmbit públic com en el privat. No obstant això, la meva passió pel cinema ha fet que sempre estigui connectada amb l’actualitat audiovisual i la seva pràctica, a través de formació en Anàlisi de Guió i Crítica Cinematogràfica, la col·laboració en projectes audiovisuals i la participació en certàmens i festivals. Vaig formar part del Jurat Jove del Festival de Sitges l’any 2013 i, més recentment, del Festival Americana el 2017. Al 2009 vaig col·laborar en l’espai web enelcine.es escrivint crítiques de forma setmanal i des de març de 2017 col·laboro a la revista de cinema El Cinèfil, amb textos sobre llargmetratges i curtmetratges. Sigui en format curt o llarg, considero que el cinema és una eina profundament poderosa per a transmetre idees, emocionar i reflexionar sobre la nostra realitat.

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